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Inevitable


Nunca participé en esta guerra. Aunque creo firmemente que los motivos que la mueven son más que justos, todavía no sé qué haría frente a uno de esos rubios alemanes. Seguramente mi instinto de conservación me haría atacarlo, o quizás me quede helado viendo cómo sus balas destrozan mi cuerpo, mandándome al otro lado. Creo más bien que hubiese corrido despavorido. Toda mi vida me aferré a lo que representa seguridad. Todo siempre normal, dentro de lo correcto, la locura no tuvo cabida en mi vida, ni siquiera en las circunstancias más duras. No, el riesgo, ni pensarlo, ¿Quién dice que las ovejas negras son felices? Ahora lo entiendo todo… ¿Cómo olvidar los bellos prados de mi casa en Alabama? El delicioso aroma de un almuerzo servido con cariño, el abrazo de mi madre.

Qué curioso. Muchas veces escuché que Francia era la tierra del amour, y yo solamente he visto desolación. Las escapadas con mis compinches al barrio negro, imborrables. Ellos siempre se quejaron de mi falta de espíritu aventurero, pero yo siempre “supe” cuan equivocados estaban. “Ya verán en veinte años quién es quién”, solía responderles. Sólo han pasado cinco, y ya todos han muerto o desaparecido. El hecho es que ahora tengo certeza de lo que quiso decirme uno de ellos cuando refutó: -¿Por qué esperarías tanto para empezar a vivir? - y yo en aquel momento reí sarcástico, tratando de achicar con mi burla tan ciertas palabras. “Pobre ignorante”, pensé. Estaba tan marcada en mí la creencia de que la vida empieza cuando uno nace; ahora sé que empieza cuando uno toma conciencia de la muerte propia.

Pero ahora es muy tarde. La decisión más sabia. Todo esto se vuelve tan cómico. O tan patético. Todo depende de si lo lee un optimista o un escéptico. De cualquier manera a mí­ ya no me importa, antes que nada hoy han muerto mis convicciones, y esa es una partida muy difícil de asimilar para mí , aunque nada dolorosa. Siempre rehuí al combate, es más, mi acuartelamiento fue más obligatorio que nada.

Cuando venía en los transportes, y escuchaba hablar a mis compañeros del orgullo que sentían al tener la oportunidad de luchar por sus ideales, ¿Ideales? ¡Qué poco respeto por sus vidas!, pensé. Cuán errado estaba. Ellos amaban la vida.

El último enfrentamiento con los Nazis fue por demás dispar. Lo que se suponía un asalto sorpresa, terminó sorprendiéndonos aún más. Los germanos llegaron hasta nuestra línea de fuego con todo un ejército. Nuestra unidad estaba custodiando un tren de la línea férrea francesa, que estaba bajo el poder aliado. Entré en pánico al ver la cruenta escena, sabía que me quedaban pocos segundos para decidir, el tren empezaba su marcha y yo pensaba… el deber o mi vida… mis compañeros o yo… a estas alturas, deben saber mi decisión.

Sí, corrí hacia el tren. Corrí como nunca, o como siempre, y me a aferré al seguro tren, al tren que cuidaría mi vida, a mi salvación. Hacía tanto tiempo que no tenía esta sensación de certeza. Aún no alcanzaba a comprender por qué el resto de mis compañeros prefirió arriesgarse a quedarse luchando por una causa perdida ¿Por qué diablos no corrieron conmigo? Pero en todo esto había algo que me molestaba, no sé si era la excesiva velocidad del tren, o el que todo era demasiado bueno para ser cierto. Y lo era.

Ahora sé que el tren sigue acelerando y los frenos están rotos. Pronto llegará a una línea muerta o a un cruce y se va a descarrilar. El maquinista debió haber saltado hace mucho tiempo. Estoy solo en esta caja de hierro y madera y decidí escribir esto. ¿Saben qué es lo más triste? Que aún tengo tiempo para escribir más pero no tengo más que escribir. Que me aterra el simple hecho de pensar en saltar, aunque esa sea quizás mi última oportunidad… Que viví más tiempo que mis amigos, pero viví mucho menos que ellos.

Dany Freire

Escrito en Guayaquil entre finales del 2000 y principios del 2001

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