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Reciclando: Miedo y Asco en el Capwell


O en el Monumental, el Modelo, o donde quiera que tenga lugar esa burda imitación de partido de fútbol que alguna vez convenimos llamar Clásico del Astillero. ¿Hace cuántos domingos Guayaquil no está de fiesta? ¿Cuándo fue la última vez que tuvimos fiesta en el Monumental? y apartándonos de las canciones cursis, ¿Qué pasa en Guayaquil?
En Guayaquil no pasa nada.

Si hace poco nomás saltaban Verduga, Janio, Avilés, Trobbiani, Beninca, el Cuchillo, Insua, Ron, Gavica, Ivan Hurtado, Noriega, el Pepo, Montanero, el Jecho, el Emperador, Danes, Capurro, Alfaro, Klinger, Ordoñez, Muñoz, Ephanor, Mauricio Argüello, el chivo Jimenez, el Cholo Bravo, y sí, me fui de largo con las figuras de Barcelona porque #1 soy barcelonista, y #2 Emelec no tiene más.

El punto es que, en esa época, asistíamos a disfrutar de un espectáculo sazonado con garra, disputa de campeonatos, estilos de juego, fintas, y comida rápida en papel de empaque. Hoy el Clásico se cae a pedazos, y qué va quedando? El muñeco de la ciudad, cuya cara también se cae a pedazos, trata de soplar las brasas que alguna vez fueron parte de la mayor fiesta del fútbol de nuestro país, ayudado por sus imitadores, solapados por el sistema estupidizante de la prensa deportiva (con excepciones que confirman la regla) nos tratan de vender con frases acartonadas y repetidas esta porquería donde los equipos real y cómodamente van a disputar cuál de ellos seguirá penúltimo.

Estos son los frutos de la ley del peor es nada. Porque no hay otra forma de explicarnos jugadores tan mediocres en los puestos y con las camisetas que alguna vez fueron de Holger Quiñonez o de Máximo Tenorio y que muchos digamos que tienen potencial y que a futuro serán, y que alguna vez encontraremos el tesoro de los Llanganates, y el esqueleto del chupacabras.

Y cuando salimos del estado (y del estadio) de negación, comprendemos que el chupacabras es el hijo del Alien con Depredador, que el tesoro de los Llanganates se lo llevaron durante la filmación de Indiana Jones y con esa plata se financió Waterworld, que de los chavalines solo un par valen la pena y que da pena y vergüenza que el Odontólogo sea la salvación por esa punta.

Resumiendo, el Clásico del Astillero, al igual que sus protagonistas, está dentro de un proceso.

De un proceso de descomposición.

Publicado originalmente el  lunes 2 de marzo de 2009 en mis Facebook Notes.

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