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Yo vi putear a Maradona



Quizás era muy pequeño como para poder entender, o como para que la imagen se quede grabada en mi mente con más cariño, pero tengo un recuerdo fugaz del día de la final del Mundial de México 86.  Otros partidos, o momentos de ese mundial mejor dicho, los tengo más claros, pero definitivamente creo que, en esa época, me alimenté de los resúmenes televisivos del programa Acción con Manuel Kun Ramírez, porque fue ahí donde me dí cuenta de quién era Diego Maradona, luego de ver el gol que le hace al arquero belga y la celebración tambaleante del 10.

Sembrada esa semilla, la figura del Pelusa fue creciendo en mi imaginario, gracias a sus goles en la liga italiana, y a su omnipresencia mediática, que ya rebosaba los programas deportivos, como Acción, y se colaba en las columnas de chismes, política y, tristemente, también en la crónica roja.

Así llegaba Diego, agigantado a revalidar sus credenciales en Italia 90.  Ese primer partido, frente a Camerún, lo vivimos con mi papá y mi hermano, en la oficina del jefe, que prestó el espacio y la televisión: una Sony Trinitron de más de veinte pulgadas, que era algo exagerado en esa época.  El aparato estaba al lado de un bar en forma de planeta tierra, y que se abría por la línea ecuatorial, dejando a la vista las botellas medio llenas, medio vacías. Ahí vimos de pie las salida de Argentina, y pudimos ver a Maradona haciendo cascaritas en la media cancha, quemando tiempo y dándose el gusto de entretener y entretenerse hasta que empiece el juego.

Ese día, Argentina apuradamente rescató un empate, y fue el presagio de un mundial tumultuoso para los campeones del 86.  Fue el primer resbalón en esa dura tarea de revalidar el título, y si bien no lo consiguieron, creo que fue en ese momento, en que asistimos a la consolidación del personaje, del autor de los maradonismos, de cuando el personaje se tragó a la persona.

Fue en la semifinal contra Italia, cuando miles de imbéciles taparon con una silbatina el himno de Argentina, y la cámara que transmitía, como no podía ser de otra manera, se concentró en ese instante en Maradona, y todos pudimos ser testigos de la puteada franca y rabiosa de Diego. "Hijos de puta", leíamos desde su silencio, y yo a mis doce años, pude entender, pude ser parte de ese enojo.  Porque fueron estos mismos hijos de puta, los que tantos goles cantaron gracias a la zurda de Maradona.  El partido, se jugaba en Nápoles, la ciudad sede del club al que Diego había hecho brillar.  Y fue la misma pelota, la que "no se mancha" la que le dió la vendetta al Diez, Argentina dejó afuera a Italia, en un partido patético, aburrido, que son los que más duele perder.

Paradójicamente, este es quizás mi mejor recuerdo de Maradona, por eso cuando algunos sacan pecho y dicen, que vieron jugar a Maradona, yo les digo desde el hígado: Yo vi putear a Maradona.

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