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Tiny musicLegado gigante


Una noche, después de un ensayo en casa de mi amigo Musiquita, nos sentamos frente al televisor a consumir golosinas mientras nos dejábamos hipnotizar por los shows acústicos, que él tenía grabados en VHS.  La videoteca, improvisada en una caja, era quizás lo único ordenado que había en esa habitación infectada de adolescencia. "Este es el mejor, loco", me dijo Musiquita, mientras sacaba uno de los cassettes. Enseguida, mal pensado yo, creí que me tocaba otra sesión del Unpplugged de Nirvana, que ya, para esa fecha, nos tenía abombados hasta a los fans más necios. Pero no, lo que botó la pantalla fue a los STP golpeando con Crackerman...


Roamin', roamin' roam
Get away, gotta get away
And I think, I think too much

Y así, más que envueltos con su música, nos sentíamos amplificados. Esta era una de esas bandas que logró embotallar el feeling, el sonido y el pensamiento de los noventas en sus canciones.  Uno se sentía de acuerdo con Scott Weiland, mientras viviamos esa dualidad cool/hippie de los hermanos DeLeo.

Quizás, como dijo Bart Simpson, "Deprimir a un adolescente es como hacer un huevo motuleño", una traducción un poco forzada, porque los dichosos huevos motuleños son medio difíciles de hacer. En fin, si la idea común era tocar esta fibra del "nadie me quiere", es desde la estética y el estilo que bandas como esta se hicieron tan grandes.

¿Un ejemplo? Plush, esa canción tan cliché y de conocimiento obligatorio para cualquiera que haya tenido en sus manos una guitarra acústica, llegó a ser tratada como vulgar, por el mismo tema este de la repetición indiscriminada. Pero en defensa de lo indefendible, creo que se volvió tan popular porque tiene todos los ingredientes de la época, y es un pedazo de recuerdo al que todos podemos volver con esos tres primeros rasgueos. Y por supuesto que solo me refiero a la versión acústica, porque, a estas alturas, la versión original, es un lado B de si misma.

Pero dentro de toda su carrera, creo que el tema que más derrama estética, estilo, moda, buen gusto, moda retro y todas esas cosas buenas que tiene la vida, es Big Bang Baby.  Ver eso en la tele, fue sentir que nos resumieron el ruido que escuchábamos en tres minutos y algo más.  Todo eso con una frescura que muy pocos logran. Luego, el mito del rock star fue consumiéndolos, sobre todo a Scott, y aún así entregaron joyas como Sour Girl, acompañados de la icónica Sarah Michelle Gellar y una especie de Teletubbies. Sí, Teletubbies. No me crean, investíguenlo.

¿Por qué les cuento todo esto? Ayer murió Scott Weiland, un hombre con tantos problemas como talento, y creo que la mejor forma de tomar distancia de la cantidad de detalles carroñeros que seguramente empezarán a inundarnos, es transmitirles estos recuerdos, que son los recuerdos de mi generación. Una época que, más allá de la nostalgia, he podido valorar por sus frutos. Eso, creo que merece ser compartido y agradecido.



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