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El día que intentamos vivir




La música de Soundgarden me llegó, de golpe, escondida en un casette de rap, y se instaló en mi vida sin preguntar. Era como un animal que quería ser domado.

Se dejaron etiquetar, como hicieron tantos en esa época, para llegar más lejos, pero decían tantas cosas, que a uno ya no le interesaba qué tipo de música era, solo quería dejarse hipnotizar.

Uno, temerario, usaba el tiempo en conectar la guitarra y tocar (o intentar tocar) al unísono de estos monstruos. Y así, dejarse hacer discípulo, atreverse. Aprender. En ese universo, la guitarra es más que una guitarra, y lo mismo con los demás instrumentos. Era darse cuenta de la cantidad de colores que había para usar, y de repente uno sentía una orquesta en las manos.

Y la voz iracunda. Era de fuego. Ese mismo fuego que aparece de manera obsesiva en sus visuales, contrapuesto al agua de Nirvana. No sé bien hacia dónde llevan esos caminos, solo los describo, pero, en todo caso, no creo que importe.

Porque quizás, Chris Cornell no hizo música para transportarte a algún lado, sino para que te dejes llevar. Para que disfrutes del camino. Y a mí no me quedan palabras para agradecérselo. Solo desear que sigamos escuchándolo.

Esta no fue una crónica. Tampoco un homenaje. Estas son palabras rebeldes, impropias, herejes. Palabras que te sacan de la corriente. Porque hoy, mañana y pasado va a llover tinta repitiendo "rockstar", "suicidio", "grunge" y por otro lado, una muralla de bits gritando "posers", "noveleros", "que se muera tal".

Y no. ¡Puta madre, no!

Y lo digo con la autoridad que me da el no saber nada personal sobre Chris Cornell. No sé si era casado, si tenía hijos, dónde vivió, ni si le gustaban los gatos.

Solo sé que Chris Cornell nos cantó sobre levantarse todos los días y tratar.

Y también sobre que hay días en que no es posible.


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